Me desenredo las pestañas empapándolas en lágrimas. No creo que sea el mejor modo pero es una excusa muy poética para llorar a trompicones. Que los ojos hinchados me hacen la cara menos angulosa es una excusa como otra cualquiera cuando se te van pasando las horas entre hipos y calor en las mejillas. Cuando tienes las manos heladas y la cabeza ardiendo de tanto trasiegos de excusas, contraexcusas, proexcusas,antiexcusas. Me excuso de excusarme, me quejo entre una montaña de clinex sucios que casi me sepulta en el sofa donde no quería acurrucarme a hacer eso que también se me da que es compadecerme de mi misma. Hacerse la víctima es más complicado, yo solo me dejo derrumbar y derruir en el sofá, envuelta en la manta que huele a mandarinas y sacandome las lágrimas apalancando con canciones hasta que salen todas de dentro y puedo fingir que no me duelen las palabras. Las no palabras, las no reacciones. Los no que no se dicen.
Y es que a veces esforzarse no sirve de nada. Por mucho que te esfuerzas en cambiar partes de ti que no te gustan, a veces son los demás los que no te dan la oportunidad ni de que demuestres que no has cambiado. Simplemente no te dan la oportunidad ni de intentarlo. Te ponen un cartel al cuello, una letra escarlata. Un estigma que te acompaña aunque tú estes poniendo de tu parte para cambiar, para hacerlo mejor al menos, que otras veces. Con estos pensamientos en la cabeza, salpicados, pues no sé para qué coño intento nada si va a dar lo mismo, cruzo la esquina del huracán camino al trabajo. Allí siempre hay un mini tornado esperándome llueva , truene o haga sol. Siempre. Pero esta vez he constatado que si no he salido literalmente volando es porque mi huracán interior giraba en sentido contrario. Así, pienso, quizá se compensan un poco. Paso entonces la esquina huracanada y llego a la puerta giratoria. Madre mía, hoy gira todo. Voy a acabar mareándome. La verdad es que las ganas de vomitar ya las tengo encajadas bajo las costillas desde ayer. El dolor en la boca del estomago. Y el vértigo, aunque me lo produzca ver un abismo a mis pies y no los giros. Y girando, girando, vuelvo a sentirme profundamente estúpida. Al inicio por comportarme de una manera que no me hacía felíz y, cuando he vuelto al punto de partida, por no poder intentar comportarme de una manera que me haga feliz.





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